Don Osvaldo volvió a La Plata y convirtió el Hipódromo en una noche de rock, memoria y mensaje social

La banda liderada por Patricio Fontanet desplegó su repertorio cargado de canciones y mensajes en un show agotado que volvió a reunir a su público en el Hipódromo platense.


Por Agustín D'Addario-

La intersección de las avenidas 44, 1 y diagonal 80 comenzó a poblarse desde temprano de fanáticos de Don Osvaldo llegados desde distintos puntos del país. Como sucede en cada presentación, seguidores de todas las edades coparon las inmediaciones del predio acompañando a la banda fecha tras fecha. A su alrededor, decenas de vendedores desplegaban mantas repletas de remeras, pilusos, llaveros y calcomanías que le daban color a la previa de una noche que prometía mucho más que rock.

Desde las 19, el Hipódromo de La Plata abrió sus puertas para el ingreso del público. Mientras tanto, sobre las vías del tren universitario, cientos de fanáticos —que debieron despejar el paso en varias oportunidades para permitir la circulación de la formación— cantaban clásicos de Callejeros acompañados por un guitarrista improvisado que marcaba los acordes seguidos por la multitud.

Cerca de las 22, las luces del escenario se apagaron y la euforia se apoderó del predio. Un instrumental de percusión anticipó la salida de la banda integrada por Patricio Fontanet en voz, Christian Torrejón en bajo, Luis Lamas en batería, Álvaro Puentes y Gastón Videla en guitarras, Gabriel Gerez en piano, Juano Falcone en percusión y Leopoldo Janin en saxo.

El inicio con “Desierto” marcó el pulso del recital y dejó en claro el tono de la noche cuando, en las pantallas laterales, apareció la frase “reforma laboral esclavista”, en rechazo a la reciente aprobación de la nueva legislación laboral. La lista continuó con “Políticamente correctos”, reforzando un mensaje social que atravesó todo el show.

“Puede” se convirtió rápidamente en la primera canción de Callejeros en sonar durante la noche y desató el festejo colectivo, que encontró un respiro emocional con “Siento un pensamiento”. El clima nostálgico continuó con “Más allá”, antes de que el público retomara el agite con “Seguro y feliz”.

Tras un intervalo instrumental, el segundo bloque comenzó con “Parte menor”, incluida en Rocanroles sin destinos (2004), cuya letra —más de dos décadas después— mantiene vigencia dentro del contexto sociopolítico actual. “Barrilete”, “Misterios”, “Rotos y descosidos”, “Rompiendo espejos” y “Lo que se dice y lo que se hace” sostuvieron la intensidad del recital.

El tercer tramo elevó definitivamente la temperatura con “Una nueva noche fría”, seguida por “Vaivén”. Bajo un manto de luces rojas y con la leyenda “Callejeros Inocentes” proyectada en pantalla, llegó uno de los momentos más celebrados: el enganchado de “La llave”, “El pibe de los astilleros” y “Todo preso es político” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que llevó la euforia al máximo entre el público distribuido entre campo y plateas.

La recta final mantuvo la carga simbólica. Durante “Dos secas”, Fontanet entonó versos críticos hacia la violencia institucional mientras las pantallas proyectaban la consigna “Ningún pibe nace chorro”, en referencia al debate sobre el Régimen Penal Juvenil. Luego llegaron sorpresas como “Armar de nuevo”, junto a “Sonando”, “Los invisibles”, “Acordate” e “Ilusión”, en un predio colmado de banderas de barrios y provincias.

Uno de los momentos más íntimos de la noche llegó cuando Gabriel Gerez interpretó melodías de tango en el piano. A pedido de Fontanet, el músico sumó el estribillo de “Sed”, canción que da nombre al primer disco de Callejeros publicado en 2001. Finalizada la interpretación, las pantallas mostraron una imagen del Glaciar Perito Moreno acompañada por el mensaje: “…y no morir de sed, cuidemos nuestros glaciares”, reforzando nuevamente el perfil reflexivo del espectáculo.

En ese marco, “Tanto de todo” profundizó el contenido social antes del cierre definitivo con una seguidilla de clásicos: “9 de Julio”, “Si me cansé”, “Prohibido”, “Creo” y el infaltable “Suerte”, que coronaron una noche donde el rock volvió a funcionar como punto de encuentro, memoria colectiva y forma de resistencia para miles de seguidores.

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