Skay y Los Fakires: 10 años de El engranaje de cristal
Diez canciones y poco más de media hora alcanzaron para que Skay y Los Fakires profundizaran una búsqueda musical que el guitarrista había iniciado más de una década atrás.
El 21 de septiembre de 2016, Skay Beilinson publicó El engranaje de cristal, su sexto álbum de estudio después de la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El disco reunió diez canciones y poco más de media hora de música, en una etapa en la que el guitarrista ya había consolidado un camino propio junto a Los Fakires. La producción estuvo a cargo de Skay junto a Joaquín Rosson, quien además grabó y mezcló el material en Estudio Conde. La formación estuvo integrada por Oscar Reyna en guitarras, Claudio Quartero en bajo, Javier Lecumberry en teclados y Mauricio “Topo” Espíndola en batería y percusión.
El vínculo entre música e imagen también volvió a tener un nombre conocido. Rocambole, responsable de buena parte del universo visual de Los Redondos, realizó la tapa y la contratapa a partir de un trabajo que combinó fotografías, imágenes digitales, dibujos y letras hechas con pincel. Según contó el propio artista poco antes del lanzamiento, Skay le había pedido que trabajara con espontaneidad.
Finalmente, el resultado fue una estética de collage que acompañó el clima del álbum y tuvo a La Plata como protagonista ya que la imagen mostró a jugadores de Estudiantes y fue intervenida por Rocambole con su particular estilo visual, en una composición que acompañó el universo del álbum. En 2025, el artista y docente de la Facultad de Artes de la UNLP Martín Comoglio afirmó que la fotografía original había sido tomada por él en 2011 durante una producción para el club.
Para entonces, Skay ya llevaba más de una década recorriendo su propio camino. A través del mar de los Sargazos había inaugurado su etapa solista en 2002 y luego llegaron Talismán (2004), La marca de Caín (2007), ¿Dónde vas? (2010) y La luna hueca (2013). En 2012, la banda había adoptado definitivamente el nombre de Skay y Los Fakires, con la formación que acompañó al guitarrista durante la grabación del disco de 2013 y que continuó en El engranaje de cristal.
El nuevo material comenzó a tomar forma mientras Skay todavía se encontraba presentando La luna hueca. La composición seguía siendo un proceso íntimo: primero aparecían las ideas y las maquetas, muchas veces registradas en su casa, y después llegaba el trabajo colectivo en el estudio. Ese recorrido permitió que las canciones fueran tomando forma sin perder el carácter artesanal que atravesaba su manera de componer.
El resultado fue un álbum breve y directo. Cáscaras abrió el recorrido y planteó desde el comienzo una de las características del disco: canciones construidas a partir de imágenes, personajes y relatos que dejaban espacio para distintas interpretaciones. Después llegaron Quisiera llevarte, Egotrip, El equilibrista, En la fragua, La procesión, Chico bomba, La calle del limbo, El carguero del sur y Epílogo.
Entre ellas, Egotrip fue una de las que más lecturas generó. El tema giró alrededor del ego, las máscaras y la necesidad de ocupar el centro, mientras que algunas de sus frases fueron interpretadas como una referencia a la historia de Los Redondos, pero el mismo Skay explicó que la canción hablaba del ego en un sentido más amplio y que no quería condicionar su escritura por las interpretaciones que pudiera generar.
Esa posibilidad de dejar las canciones abiertas también apareció en otros momentos del álbum que combinó relatos, viajes, derrotas y personajes con una escritura que no buscó explicar cada imagen. La guitarra volvió a funcionar como uno de los principales vehículos para construir esos climas y terminó de darle unidad a un disco que avanzó con una lógica propia.
La procesión llevó esa búsqueda hacia uno de los momentos más destacados del álbum. La canción incorporó influencias de la música celta y gallega y construyó una escena atravesada por la marcha, la derrota y la memoria de quienes regresaban vencidos. Para la grabación participaron Gastón Lamas en pandereta y Jorge “Tuco” Elía en derbake, aportando nuevos colores a la formación habitual. La crítica de la época también la señaló como uno de los puntos más fuertes del trabajo.
Otro de los momentos particulares apareció en El equilibrista, compuesto por Skay sobre una letra de Daniel Amiano. El disco también encontró espacio para diferentes texturas y recursos en En la fragua, mientras que Chico bomba aportó una impronta más pesada antes de que La calle del limbo y El carguero del sur condujeran hacia el cierre. Epílogo, instrumental y de poco más de dos minutos, puso el punto final al recorrido.
La salida del álbum no significó quedarse en el estudio. Skay y Los Fakires comenzaron a llevar las nuevas canciones a los escenarios apenas dos días después de la publicación, con una gira que recorrió distintos puntos del país y también Uruguay. La presentación oficial en Buenos Aires tuvo lugar el 12 de noviembre de 2016 en el Estadio Malvinas Argentinas, donde el repertorio combinó el material reciente con canciones de su carrera solista y algunos clásicos de Los Redondos.
La recepción crítica destacó la evolución. La Nación remarcó el proceso de depuración que atravesaba la obra solista de Skay y señaló el carácter cada vez más despojado y directo de sus canciones. En esa lectura, El engranaje de cristal aparecía como un trabajo breve pero contundente, donde la reducción de recursos no significaba pérdida de identidad.
Con el paso del tiempo, El engranaje de cristal quedó como una muestra de una etapa en la que Skay y Los Fakires terminaron de darle forma a un sonido propio. Diez canciones que, sin perder el peso de las guitarras, combinaron distintas influencias y una manera particular de contar historias. A diez años de su lanzamiento, el disco sigue girando como una pieza más de una obra que encontró en la búsqueda constante su propia forma de rock.

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